“ESTAR MÁS CERCA DE PAPÁ”


35 años después, Ezequiel Martel pudo cumplir su sueño de surfear en las frías aguas de las Islas Malvinas para honrar a su padre caído en combate
Por Lic. Laura Artuso. Fotos: Gentileza Ezequiel Martel
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Ezequiel Martel es personal civil de la Fuerza Aérea Argentina y lleva con él una historia conmovedora que comienza en el año 1982. Teniendo 10 meses de vida, su padre, el mayor (PM) Rubén Héctor Martel entregó su vida por la Patria en el Conflicto de Malvinas un 1º de junio a bordo de un Hércules C-130 E, matrícula TC-63 y hoy los restos del avión yacen a unos 70 kilómetros mar adentro, en algún sitio del fondo submarino de la isla Borbón.

Este año para Ezequiel, coincidentemente, se dio una repetición de números: los 35 años de la guerra, su edad al momento de viajar y la de su papá al morir, junto a su valerosa tripulación.

Para rendirles homenaje en este nuevo aniversario el joven viajó a las islas para surfear en las aguas donde cayó la aeronave y unir tres puntos consecutivos sobre el mapa en los que realizaría su travesía. Dicha unión dio como resultado un triángulo que une las islas Gran Malvina con Soledad y que, para sorpresa de Ezequiel, vista en lejanía apuntaba hacia la Argentina.

“Surfear las olas me permiten sentirme libre; es una mezcla de emociones. Cada vez que clame el viento y ruja el mar ahí estaré”, comienza su relato Ezequiel quien en 2015 ya había realizado su experiencia deportiva en territorio malvinense. “Elegí esta forma de homenajearlo porque el surf tiene algo que nos conecta con nuestro entorno. Cada ola es un desafío. Lo que hacemos en esas tablas es levantarnos, caernos y volver a ponernos de pie. El legado de mi padre en mi vida tiene que ver con eso".

Crónica de la travesía

El joven aventurero arribó a las islas Malvinas un sábado al mediodía y, luego de los trámites correspondientes, se albergó durante cinco noches en la casa de Arlette Betts, una amable lugareña que lo acompañó incondicionalmente. Al día siguiente, luego del desayuno, y gracias a la excelente predisposición de la dueña de casa logró conseguir un vehículo que estuvo a su disposición y que lo llevaría hacía “Berthas Beach”.

“Al llegar a esta playa con nombre de mujer, decidí que la primera ola que tuviera delante mío tendría como destinataria a todas las mamás, esposas, hijas y hermanas que perdieron a un ser querido en la guerra (…) Me paré sobre mi tabla de la misma manera que lo hicieron ellas al ponerse pie y sacar adelante una familia y a su entorno”. Tras un profundo suspiro comentó: “Mi primer punto en el mapa de Malvinas ya lo había concretado”.

Un nuevo día con un sol inusual le permitió iniciar la jornada con las energías renovadas. Sin dudas por la tarde tendría un encuentro especial: dos años después volvía a aquella playa donde tuvo su bautismo en el mar. “Con todo el equipo colocado y acompañado por un ejército de algas que al principio complicaron la remada, pude alcanzar dos olas. La felicidad se resumió en un grito de arenga: ¡Vamos carajo! Dos olas por el 2 de abril. Quizás me haya quedado corto, pero eran dos olas en honor a nuestros 649 héroes de Malvinas. Mi segundo punto también lo había alcanzado con éxito”.

La semana iba transcurriendo y quedaba el último punto por cumplir: “A bordo del Britt Islander del Falkland Islands Government Air Service (FIGAS) con mi equipaje y mi tabla detrás emprendíamos el vuelo de Soledad a Gran Malvina. Mi objetivo: Isla de Borbón”.

Luego de unas horas en vuelo, la silueta de la isla y la majestuosidad de su imponente geografía marcaba un mensaje de bienvenida: “Con la disminución del ruido característico de los motores en descenso y un suave planeo el Britt Islander me hacía tocar tierra en lo que tanto añoraba por descubrir… Había aterrizado en la isla donde yacen algunos de los restos del Hércules TC-63”.

Una vez instalado en lo que sería su casa por tres días, Ezequiel salió a recorrer las inmediaciones de la pista de aterrizaje y la extensa playa de Bahía Elefante. Poder apreciar el paisaje que había visto solamente en fotos lo envolvía de emoción plena. “Después del almuerzo y una siesta reparadora en el sillón del living, escuché el arribo de las 4x4. Ahí tuve el gusto de conocer al dueño de casa, el señor Ricky Evans. Nos subimos a la camioneta y fuimos en busca de algo que unía mi presente con mi pasado. Dicen que Dios sabe porque hace las cosas, pero la repetición del número 35 tres veces se hizo más fuerte en Borbón, ¿casualidad o mera coincidencia? ¡No lo sé!”, manifiesta.

Después tanto tiempo había llegado el momento de arribar a ese punto con el que había soñado conocer desde su niñez para ser el primero en ver los restos de la aeronave e identificarlos. “Desde lejos y a través del parabrisas empecé a distinguirlos, la emoción era enorme, nos detuvimos justo al lado y con admiración y una inmensa alegría empecé a mirarlos con atención y a examinarlos. Tenía delante de mí una parte de la historia y de siete familias. No estaba triste, estaba feliz porque después de 35 había encontrado algo más”.

En 1983, un año después de que el TC-63 fuera derribado, ese mismo mar que hoy es su tumba empujó los restos hacia la costa noroeste para que un vestigio quedara como testimonio de tanta entrega. Fueron los pobladores quienes retiraron estos restos de la playa y los trasladaron hacia su lugar actual.

“Con Rick pudimos moverlos y tomar varias fotografías (…) Esa misma noche hable con mi mamá y con los tres mecánicos de aquel Hércules para darles la noticia del hallazgo”.

Al día siguiente, Ezequiel retornó al lugar y realizó un minuto de silencio. “Me abracé a la pieza donde me quebré en llanto; minutos después me incorporé y escribí los apellidos de los siete más la leyenda ‘TC-63 Presentes’, lancé siete piedras al mar por cada uno y me retiré del lugar”.

Emocionado por lo lejos que había llegado en su travesía y habiendo estado tan cerca de los héroes, sólo restaba surfear en el último punto delimitado. “Decidimos atravesar el espigón y bajar en la playa este donde tenía algo pendiente desde el 2015 y quería cumplir. Tenía guardado el nuevo escudo de Escuadrón I C-130 con la modificación del agregado del laurel de siete hojas por cada uno de los fallecidos. Le pedí a Rick que buscara una piedra para colocar el escudo con cinta y luego lo arrojé al grito de ¡63! Marcando el reloj las 5:20 de la tarde mi sueño se volvió realidad. Por última vez ingresaba al mar en el punto más lejano y jamás conquistado del Atlántico Sur y por primera vez iba a surfear en las playas de la isla Gran Malvina. Me convertía así en el primer surfista que entraba en el mar de Borbón”.

El conquistador de olas, ya sobre su tabla y cautivado por la majestuosidad del paisaje, esperaba el oleaje. De repente observó en el cielo algo que se acercaba. Su posición en el mar empezaba a ser sobrevolada por una bandada de albatros que se mantenía por encima de él volando en círculos: “Sólo puedo decir que me quedé sin palabras; era creer o reventar. Llegué a contar siete; ¡vaya casualidad! ¿Habrán sido los siete tripulantes? No lo sé, pero sí sé que no estuve solo”.

Desde la orilla Ricky registró con su cámara el momento en el que los pájaros se mantuvieron en guardia durante el tiempo que Ezequiel estuvo dentro del agua: “Después de 30 minutos en el mar y de haber podido surfear el punto más lejano con esa compañía en el cielo, me dispuse a salir con la inmensa felicidad de que pude cumplir mi ansiado objetivo”.

“35 años después estuve cerca del TC-63 y de sus héroes. Me separaban solamente 38 millas náuticas y pude surfear cerca de ellos (…) Pensar en lo que pasó me eriza la piel. Soy feliz de saber que una vez más pude estar cerca de papá”, finalizó.


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