CHARLA SOBRE EL ATAQUE AL PORTAAVIONES INVENCIBLE


El comodoro (R) “VGM” Gerardo Isaac realizó una charla magistral en el Instituto Nacional de Derecho Aeronáutico y Espacial sobre la hazaña ocurrida durante la Gesta de Malvinas
Por Lic. Florencia Sosa


El 19 de junio el Instituto Nacional de Derecho Aeronáutico y Espacial (INDAE) recibió al comodoro (R) “VGM” Gerardo Isaac, uno de los aviadores protagonistas del ataque al portaaviones británico HMS Invencible.

El oficial fue recibido con un eufórico aplauso por parte del auditorio completo que lo aguardaba impaciente para conocer su testimonio.

Luego de la presentación del director del INDAE, brigadier (R) Armando Bonadeo, el comodoro explicó que al estallar el conflicto se desempeñaba en la IV Brigada Aérea. Con el grado de alférez se encontraba de guardia cuando el personal de la Unidad le dio la noticia del desembarco en las Islas: “Me invadió una alegría muy grande. Malvinas debe ser la única causa que nos aglutina. Fuimos criados con la convicción de que las Islas son argentinas”.

“Volaba en A4-AC Skyhawk, acababa de ser habilitado como apto para el combate y aprovechamos los primeros días de abril para seguir entrenándonos en un escenario aéreo terrestre. Teníamos que volar a baja altura, probar tácticas y armamento óptimo para atacar barcos. Al mismo tiempo íbamos siguiendo el movimiento de la flota británica”, comentó el comodoro.

A lo largo de la charla, el oficial relató el rol que cumplió el Escuadrón A4-AC Skyhawk que se trasladó de Mendoza a San Julián el 11 de abril.

LOS PREPARATIVOS DE LA MISIÓN

“Los portaaviones siempre estaban alejados fuera de nuestro alcance y hacía un par de días que estaba a 100 millas de Puerto Argentino, una posición ideal para poder atacar. El jefe de Escuadrón reunió a los más antiguos para contarles en qué consistiría la misión. Los primeros tenientes Ureta y Vázquez se ofrecieron como voluntarios y el jefe les dio la libertad de elegir con quienes querían volar. Vazquez eligió al primer teniente Castillo y Ureta me eligió a mí”, explicó el oficial.

“Volamos hacia Río Grande porque estaban los Super Étendard de la Armada que tenían el último misil Exocet, reservado para atacar un portaaviones. Como un solo misil no era efecto, la misión se planificó con esos aviones y con el misil y una escuadrilla de A4 con bombas de caída libre, bombas convencionales para acompañar el misil y producir mayor efecto sobre el portaaviones”, agregó.

Y se sumaron dos oficiales de la Armada para llevar a cabo la misión eran los entonces capitanes Alejandro Francisco y Luis Collavino (Armada Argentina) junto a los primeros tenientes Ernesto Ureta y José Vázquez (Fuerza Aérea Argentina).

EL ATAQUE

Al llegar a Río Grande en horas del mediodía quienes serían los protagonistas de la hazaña se dirigieron a una sala de reunión previa a desarrollar la misión: “El recuerdo que tengo es que había mucha gente, ahí nos dictaron las instrucciones para este vuelo. En la mitad de la charla nos informan que la misión se pasaba para el día siguiente. Aproveché para hablar por teléfono con mi papá, él era comodoro en actividad y estaba en Buenos Aires, le expliqué que estaba bien pero que no le podía dar detalles de donde estaba ni qué iba a hacer. Hablamos un poco de otros temas y cortamos”.

A las 10 de la mañana del día siguiente Ureta e Isaac fueron llamados al área de Operaciones. “Sólo sabíamos que era un portaaviones, no el Invencible. Ya estaban todos reunidos los Super Etendard, en uno iba el capitán Alejandro Francisco con el misil, en el otro el capitán Luis Collavino como apoyo radar y en los 4 A4-AC teníamos cada uno de nosotros tres bombas de 50 kg de caída libre y 200 proyectiles de 20 milímetros. Llegamos a cabecera, yo era el último y despegamos, teníamos que cumplir un primer tramo hasta unas 100 millas al sur de las Islas donde nos íbamos a juntar con dos aviones abastecedores KC-130”, afirmó el oficial y agregó: “Este reabastecimiento fue en ruta, hasta allí se volaron alrededor de 80 millas para salir con la mayor cantidad de combustible posible para tener mayor autonomía, mayor alcance y mayor radio de acción al llegar al objetivo y atacarlo desde el este teniendo en cuenta que la defensa estaba ubicada hacia el lado oeste, entre el portaaviones y las islas, que era donde creían que iba a venir el ataque. Esto nos daba un factor sorpresa muy valioso”.

El comodoro explicó que se decidió mantener el silencio de radio y volar bajo para que los radares enemigos no los detectaran. Luego de abastecer los aviones se formaron en línea: “Yo quedé a la derecha de todo, a mi izquierda estaba Ureta, Collavino, Francisco, Vázquez y Castillo. En mi navegador Omega recuerdo los filamentos del hilo de luz que marcaban 20 millas, la distancia en la que estaba previsto que tiraran el Exocet, lo miré a Francisco que iba a tirar el misil, veo que se desprende y cae en caída libre. Unos 3 metros abajo se prendió y salió con unos 10 grados para arriba y bajó 20 grados para ponerse rasante con el mar. Nosotros seguimos la estela. Los Super Etendart cumplieron con su misión y regresaron a Río Grande”.

“El misil se perdió en el horizonte, que estaba totalmente gris, y al rato apareció la silueta de un barco solo, un barco muy grande con una silueta distinta a la que yo por lo menos había visto anteriormente. La asimetría del barco me llamó la atención por la pista, lo que estábamos viendo era un portaaviones”, confesó y continuó: “A partir que determino que ese es mi blanco me pasó algo que está escrito en los manuales que se llama ‘fascinación de blanco’. El que está encombate y ve su objetivo empieza a cerrar su visión, pierde todo lo que pasa a su alrededor y se enfoca en su blanco, me pasó exacto como dice en los libros. Se sale del éxtasis de la fascinación si hay algo que le esté llamando la atención que sea más fuerte. Cuando centro el blanco comenzó a salir humo de los costados totalmente enrollado, a medida que nos vamos acercando se empieza a depositar sobre el mar”.

“Mientras que va pasando todo esto, a los 8 kilómetros del portaaviones sentí en mi cabina una explosión bastante fuerte pero que instantáneamente me di cuenta que no era de mi avión, que era de afuera, así que miré a la izquierda y como a unos 150 metros vi un A4 que explotaba. Se le había partido un plano, el avión mostró la panza e impactó contra el mar”, dijo Isaac.

El segundo derribo se llevó a cabo a los pocos minutos: “Sentí en mi cabina una explosión mucho más intensa que la anterior. También supe instantáneamente que no era mi avión, que era de afuera. Miré a mi izquierda y vi un A4 que estaba a unos 5 metros de mi plano izquierdo que explotaba”.

“Agarro de popa al portaaviones y de la pista para abajo estaba totalmente cubierto de humo, sí podía ver la torre, así que cuando lo tuve encima apreté bombas, no me dio para salir por arriba, estaba demasiado cerca, así que viré a la derecha y le pasé por el lateral derecho al portaaviones”, concluyó.

EL REGRESO

“Puse rumbo escape y empecé a mirar a lo lejos para ver qué había pasado con el portaaviones y lo vi cubierto de un humo negro, no se veía más la silueta. Ahí rompí silencio radioeléctrico y avisé que había salido sin novedad y no me contestó nadie. Mientras iba volando pegado al agua en el horizonte vi un punto y lo primero que pensé es que un Harrier me iba a interceptar”, afirmó Isaac y agregó: “Me empecé a acercar y veo que era un A4, el piloto me levanta el brazo. Tenía un buzo color naranja y en nuestro Escuadrón había solamente dos buzos naranja americanos secos: uno era el mío y el otro era del primer teniente Ureta. Con ese gesto, más que darme cuenta que el que estaba ahí era él, se me vino a la cabeza que habían derribado a Vázquez y a Castillo”.

Luego retornaron a la posición donde se encontraban los Hércules para reabastecer combustible nuevamente. Al respecto, el comodoro destacó el rol que cumplió este sistema de armas durante el Conflicto: “Los aviones KC-130 son héroes anónimos absolutos. Nos esperaban solos sin armamento, sin escolta, a casi 5 mil pies de altura, lo veía el planeta. Sin embargo durante toda la guerra estaban ahí y más allá. Son personas especiales, gente mucho más grande que nosotros en esa época, eran más antiguos, más expertos, los veíamos como padres, nos cuidaban como hijos. Ellos se exponían para que pudiéramos cargar combustible, sólo por el acto solidario y de buenos camaradas de darnos unos litros de nafta si nos hacía falta. Ellos siempre estaban”.

Durante el abastecimiento le comentaron al comandante del C-130 lo que había sucedido, quien a su vez transmitía por HF a Comodoro Rivadavia. “Hicieron hincapié en el tema de los derribados para ver si había posibilidad de ir a buscarlos y le dijimos que no había ninguna posibilidad de que se hayan eyectado. Terminamos el reabastecimiento y pusimos proa a Río Grande. Aterrizamos luego de 3 horas 45 minutos de vuelo. Todavía recuerdo los costados de la pista lleno de gente. Las calles de rodaje también tenía gente y la plataforma estaba completa”, comentó.

“Paré mi avión en posición, corté motor, abrí la cabina, me bajé y me abracé con Ureta. Me subieron a una camioneta y nos interrogaron. Cuando salimos, saludamos a toda la gente de Río Grande y nos confirmaron que el portaaviones que habíamos atacado era el Invencible de acuerdo a los datos que dimos nosotros”, afirmó el comodoro y agregó: “Durante la noche vino el brigadier Crespo con parte del Estado Mayor en un Lear Jet para saludarnos, a ver cómo nos había ido y qué había pasado. Después nos fuimos en otro Lear Jet que tenía asignado nuestra Base en San Julián y dejamos los A4 en Río Grande. Allí nos esperaban nuestros compañeros y entre ellos se encontraba el hermano del primer teniente Vázquez, personal civil de la Sala de Paracaidas. Le explicamos qué había pasado con su hermano y Ureta llamó a la esposa de Vázquez para contarle”.

Por último, el comodoro finalizó su charla con las fotos de los caídos durante la misión a modo de reconocimiento. “Hay 649 argentinos que entregaron su vida por la Patria, la entregaron por nosotros, se desprendieron de lo más importante que tenían y lo hicieron a pesar del dolor de su familia. Esas 649 caras, los verdaderos héroes de la Patria, deberían ser la luz que nos guíe cuando tenemos nuestras diferencias y desencuentros como argentinos, si logramos levantar la vista al cielo ellos nos van a marcar el camino para salir adelante”, concluyó el comodoro.

En ese instante todos los presentes se pusieron de pie para aplaudir y homenajear a uno de los protagonistas de una de las hazañas más importantes de la Gesta de Malvinas.





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